Nicaragua atraviesa una paradoja económica: mientras las cifras oficiales apuntan a estabilidad e incluso crecimiento, la vida cotidiana de la mayoría de la población refleja un deterioro sostenido. Así lo advierte un reciente análisis del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica (CETCAM), que describe el modelo actual como una “economía del malestar”.
El informe señala que el crecimiento macroeconómico no se traduce en bienestar real. Por el contrario, el país experimenta un fenómeno de “espejismo económico”, donde los indicadores agregados ocultan una pérdida progresiva del poder adquisitivo y un aumento en la precariedad laboral.
Uno de los datos más reveladores es el costo de la canasta básica, que ya supera ampliamente los ingresos promedio. Para finales de 2025, el gasto necesario para cubrir necesidades esenciales rebasaba los 20 mil córdobas, mientras que los salarios formales apenas alcanzaban para cubrir una parte de ese monto. Esto ha obligado a miles de familias a reducir consumo, endeudarse o recurrir a estrategias de sobrevivencia.
El peso del encarecimiento recae principalmente en los alimentos, que representan más del 70% del gasto básico y han registrado incrementos significativos en los últimos años. Esta tendencia ha erosionado aún más la capacidad de compra de los hogares, profundizando las desigualdades.
En el ámbito laboral, la situación tampoco es alentadora. Aunque las estadísticas oficiales reflejan altos niveles de ocupación, el estudio advierte que gran parte de esos empleos son informales o de baja calidad. Más de la mitad de la fuerza laboral se encuentra en condiciones precarias, sin estabilidad ni acceso a protección social, lo que configura un escenario de “desempleo encubierto”.
El análisis también vincula esta realidad económica con el contexto político e institucional del país. La concentración de poder, la debilidad de las instituciones y la falta de condiciones democráticas inciden directamente en el deterioro de la calidad de vida, consolidando un modelo donde el crecimiento no se distribuye.
En este contexto, la economía nicaragüense no solo enfrenta desafíos estructurales, sino también una creciente desconexión entre los datos oficiales y la experiencia diaria de la población. Más que una recuperación, lo que se consolida es una economía de sobrevivencia, marcada por la incertidumbre y la desigualdad.