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El espejismo del muro: rutas abiertas y cifras que desmienten la contención de droga en Nicaragua

En una carretera cercana a la frontera con Nicaragua, agentes de la Policía Nacional de Honduras detuvieron una camioneta. En el doble fondo del vehículo viajaban 82 kilos de cocaína distribuidos en paquetes rectangulares. No hubo capturas relevantes. El decomiso fue presentado como un golpe más contra el narcotráfico regional. La noticia, publicada por el portal digital de La Mesa Redonda, podría parecer un episodio rutinario en una región atravesada históricamente por rutas de trasiego.

Pero no es un hecho aislado. Es un síntoma. El cual tratamos de analizar en este trabajo periodístico.

Durante años, el régimen de Nicaragua ha sostenido una narrativa que el país funciona como un “muro de contención” frente al narcotráfico internacional. La narrativa oficial insiste en que su modelo policial y militar impide que grandes cargamentos crucen el territorio nacional. Sin embargo, cuando se contrastan los discursos con los datos y con el comportamiento regional de las rutas, la imagen del muro comienza a agrietarse.

Las cifras que incomodan

En los primeros nueve meses de 2024, las autoridades de la dictadura murillo-ortega reportaron la incautación de 1,29 toneladas métricas de cocaína, una cifra ligeramente menor que las 1,43 toneladas registradas en el mismo periodo de 2023. También se informó en los medios de propaganda del decomiso de marihuana y millones de dólares en efectivo. Pero los informes internacionales subrayan un elemento clave: la falta de información verificable sobre arrestos, estructuras desarticuladas o condenas firmes vinculadas a esas incautaciones.

Si ampliamos la mirada histórica, el contraste es más evidente. Un análisis de datos, realizado por el equipo de Radio Veritas, nos permitió ver que entre 2007 y 2009, Nicaragua reportó incautaciones cercanas a 36 toneladas de cocaína. Una década después, entre 2017 y 2019, la cifra cayó a aproximadamente 16 toneladas. Es decir, menos de la mitad. La pregunta es inevitable: ¿disminuyó el flujo real o disminuyó la capacidad —o la voluntad— de interceptarlo?

Mientras tanto, otros países de la región muestran dinámicas distintas. Solo en 2024, autoridades de Honduras incautaron cargamentos individuales que superan ampliamente las cantidades reportadas por Nicaragua en operativos aislados. En 2021, el total de droga decomisada en Centroamérica rondó las 250 toneladas, pero Nicaragua aportó menos del 2 % de esa cifra. Países como Panamá y Costa Rica registraron volúmenes considerablemente mayores.ç

El llamado “muro” no parece reflejarse en los números comparativos regionales.

Rutas que se adaptan

El narcotráfico no desaparece: se transforma. Cuando una ruta se vuelve más riesgosa, se desplaza. Cuando un punto se militariza, el corredor se fragmenta. La geografía centroamericana —con extensas costas en el Caribe y el Pacífico, fronteras porosas y redes locales de apoyo— facilita esa adaptación constante.

La propia Fuerza Naval nicaragüense informó que entre agosto de 2024 y julio de 2025 decomisó 475 kilos de droga, de los cuales 269 eran cocaína. Aunque la cifra puede presentarse como éxito operativo, resulta modesta frente al volumen estimado que atraviesa el istmo cada año con destino a Estados Unidos y Europa.

Más aún, en varios operativos recientes los cargamentos han sido encontrados enterrados, ocultos o abandonados, mientras los presuntos responsables logran huir. Esto sugiere interceptaciones puntuales más que desarticulación estructural de redes.

Aislamiento y opacidad

Otro elemento central es el debilitamiento de la cooperación internacional. La salida de la Drug Enforcement Administration (DEA) de Nicaragua en 2025 marcó un punto de inflexión. Sin intercambio fluido de inteligencia, sin auditorías externas y sin transparencia estadística, evaluar la efectividad real de la estrategia antidrogas se vuelve más difícil.

El aislamiento político del país también reduce los mecanismos multilaterales de control y verificación. En ese contexto, la afirmación de que Nicaragua actúa como dique regional se sostiene más en la narrativa oficial que en indicadores comparables y auditables.

El mito frente a la evidencia

El decomiso de 82 kilos en territorio hondureño, cerca de la frontera nicaragüense, no prueba por sí solo que el muro no exista. Pero sí se inserta en una tendencia regional que muestra rutas activas, corredores flexibles y una circulación constante de cocaína por Centroamérica.

Cuando las cifras históricas disminuyen sin que exista evidencia clara de reducción del flujo; cuando el país representa una fracción mínima de los decomisos regionales; cuando la cooperación internacional se debilita; y cuando los cargamentos continúan apareciendo en países vecinos, la idea de un muro sólido se transforma en un espejismo.

Centroamérica sigue siendo un puente estratégico del narcotráfico global. Y Nicaragua, lejos de constituir una barrera infranqueable, parece hoy más integrada a esa dinámica de tránsito que protegida de ella.

La pregunta ya no es si el muro funciona.
La pregunta es cuánto de ese muro era estructura real y cuánto relato político.

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