La Navidad suele narrarse como tiempo de reencuentro, mesas compartidas y promesas de calma. Pero en Nicaragua —y en buena parte de Centroamérica— esa postal se rompe con una realidad que no cabe en los villancicos: sillas vacías, silencios impuestos y un dolor que no se nombra porque nombrarlo también se castiga.
Hay hogares donde el plato se sirve para alguien que no llegará. No porque haya elegido ausentarse, sino porque fue empujado a irse. La migración forzada y el exilio se han convertido en la forma más eficaz de represión silenciosa: no deja moretones visibles, pero desangra a las familias por dentro. Es una violencia que no necesita cárceles llenas si logra vaciar las casas.
El poder autoritario entiende que separar es dominar. Cuando se persigue, se amenaza, se quita el trabajo, se cierra un medio, se criminaliza la opinión o se vigila la fe, el mensaje es claro: quedarse tiene costo. Y así, miles cruzan fronteras con una maleta mínima y una culpa que no les pertenece. La Navidad los encuentra lejos, conectados a una pantalla, midiendo el tiempo por zonas horarias y el afecto por megas. El abrazo se posterga; la ausencia se vuelve costumbre.
En los barrios y comunidades, el silencio no es paz: es miedo. Se habla bajo, se mira alrededor, se evita preguntar. Hay nombres que no se pronuncian y fotos que se guardan. El Estado celebra; las familias resisten. La contradicción es brutal: luces y nacimientos frente a una realidad donde el duelo no tiene permiso. ¿Cómo cantar esperanza cuando la esperanza fue empujada al aeropuerto o al río?
La migración forzada no es un fenómeno natural; es una política. Es el resultado de un modelo que expulsa a quienes no obedecen, a quienes informan, a quienes organizan, a quienes sueñan distinto. Y cada salida es una victoria del miedo, pero también una prueba de dignidad: nadie se va por gusto cuando deja atrás su idioma cotidiano, su comida, su calle.
Esta Navidad, las sillas vacías hablan. Hablan de madres que cuentan los días sin sus hijos, de parejas separadas por sellos y visados, de abuelos que aprenden a despedirse por llamada. Hablan de un país fragmentado que se rehúsa a olvidar. Porque la memoria también es resistencia.
Que no nos pidan normalizar el dolor con papel de regalo. Que no nos exijan alegría obligatoria mientras el exilio sigue siendo la frontera interna de la represión. Nombrar la ausencia es un acto político. Recordar a quienes no están —y por qué no están— es negarse a la amnesia que el poder necesita.
La Navidad bajo represión no es solo una fecha; es una herida abierta. Pero incluso en esa herida persiste una verdad incómoda para los autoritarismos: el abrazo podrá demorarse, pero no se extingue. Y cuando vuelva, será también justicia.